Estudiantes y docentes a debate ¿amistad? ¿o relación puramente profesional?

                                                                                    Fuente: Pixabay.

Recuerdo muy bien el inicio de mi primer año como profesor. Estuve enseñando español en un instituto de secundaria y no tenía mucha diferencia de edad con mis estudiantes. De hecho, no era raro que en cada clase hubiera varios estudiantes más altos que yo. Antes de empezar el curso decidí crecer mi barba para marcar una mayor distancia profesional y de edad. Aunque esto no es más que una simple anécdota, quería traerla para reflexionar sobre el tema de la profesionalidad y las amistades entre profesores y alumnado.

Algunos docentes confunden su rol por la amistad o el colegueo. Piensan que pueden hacerse amigos de sus estudiantes y eso les hace ser permisivos. Para cuando quieren restaurar algo de su autoridad, resulta mucho más complicado si no ha habido consistencia, asertividad y firmeza para marcar límites en los momentos necesarios. Aunque los estudiantes tienen más apego por ellos y a veces usan esta influencia para reconducir situaciones, sus clases son un descontrol.

Otros docentes tratan de resolver situaciones de conflicto a través del miedo, por lo que los errores se pagan con humillación y castigos. Aunque este método puede dar resultados en el corto plazo, la confianza se rompe completamente y su alcance es de corta distancia (“en cuanto el profesor deje de mirar, voy a hacer lo que me dé la gana”). Y la razón es simple: el cerebro adolescente suele pensar más en lo que tiene que ganar, que en lo que tiene que perder. Todo esto sin contar lo devastador que resulta este método para el aprendizaje de muchos estudiantes (“odio matemáticas, el profesor es un idiota”). Piénsalo ¿para qué van a hacer un esfuerzo extra por portarse bien y aprender si su profesor no les inspira simpatía y no confían en que quiera lo mejor para ellos?

Aunque siempre es importante mantener una distancia profesional, también lo es tratar de construir puentes para poder establecer relaciones sanas y positivas con ellos ¿Significa esto que vamos a ser sus amigos? No, y la razón es simple: nuestro rol es más complejo y no puede ser limitado por el molde de la amistad. Eso no quita tampoco que podamos hacer uso de ciertos elementos que tiene la amistad:

  1. Escuchar al otro.
  2. Ofrecer apoyo emocional si es necesario.
  3. Tener interés por la realidad del otro.
  4. Cuidar del bienestar y el progreso de la otra persona.

Sin embargo, nuestra función tiene que ir más allá. Nuestros alumnos nos necesitan como guías: para marcar límites, mostrarles el camino durante sus desaciertos y hacerlos pensar. Tomar esta tercera vía en la enseñanza es difícil y requiere valentía, asertividad, sacrificio y formación. Ante este reto, me gustaría compartir contigo varias recomendaciones transformadoras:

  1. Cuídate: busca un equilibrio emocional en el aula y en la carga de trabajo que llevas a casa. Si quieres durar en esta profesión sin amargura, vas a necesitar agarrarte con fuerza a los buenos momentos con los chavales y compañeros de trabajo.
  2. Mata al perfeccionista que llevas dentro: el perfeccionismo solo te va a quitar confianza y tiempo. Céntrate en lo que puedes hacer de aquí en adelante y no des más importancia al pasado.
  3. La asertividad y la firmeza se pueden aprender y practicar. Sí, lo has leído bien. Fórmate, lee, observa a otros profesores que son un buen ejemplo de liderazgo y adapta todo lo que aprendas a la realidad de tu aula. Fake it until you make it!
  4. Date tiempo y no te des por vencido. Ten paciencia con tu progreso y vuélvete a levantar si te tropiezas con tus errores. Cada día tienes muchas oportunidades nuevas de enseñar mejor.
  5. Evita a los docentes tóxicos como la peste. No te dejes contagiar por su pesimismo y sus quejas constantes. La resignación y la amargura no son aliadas del desarrollo profesional.

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